11 septiembre 2007

¡ Adela durmió feliz!

Adela trabajó toda su vida, dentro y fuera de casa. Tenía un precioso pelo largo, que solía recoger con una trenza a la cual después daba unas vueltas sujetándola con una horquilla, resultando un moño muy lindo.

Al alba, se aseaba y salía al campo, ese era de los pocos momentos en que su mente podía pensar algo en ella misma, imaginaba un viaje en barco, conocer lugares diferentes, donde todo, absolutamente todo, era distinto. Tocaba las plantas e inspiraba profundamente su olor. Se sentaba en el viejo columpio en el que ya su madre había jugado, allí se dejaba llevar por su imaginación...

Un día pensó que conocía a un hombre que la miraba a los ojos. Le producía buena vibración y la escuchaba, sobre todo le prestaba atención. Imaginó que había pasado tiempo y el hombre la visitaba y daba con ella largos paseos, hablaban de muchas cosas, sentía que la admiraba y que la apreciaba como mujer. Acariciaba su piel con dulzura, valoraba sus pequeñas cosas. Era un hombre sensible y fuerte, con él se sentía segura, notaba como temblaba su cuerpo al acercarse al suyo, en una sensación de pasión y timidez poseída por la ansiedad. El olor, sus gestos, su entonación, los modales, las pausas, sus gustos, tantas cosas..., le producían alegría.

Elevaba sus piernas sujetándose con fuerza a las cuerdas, inclinando la cabeza hacía atrás y provocaba un violento movimiento del columpio, una y otra vez, percibiendo un cosquilleo en el estómago y una sacudida en su mente desdibujando las imágenes que tenía en el pensamiento. Aquello todo le producía júbilo.

El sol comenzaba a asomarse y aquella mañana era verdaderamente transparente. Oyó el característico chirrido de la puerta de casa al abrirse, era su padre, ¡Adela, ordeña las vacas y prepara el desayuno a tus hermanos!, ¿que haces a estas horas jugando?, entra inmediatamente y ponte a trabajar...

El día transcurría, como todos, hacer las camas, limpiar la casa, adecentar las cuadras, atender el ganado, los perros, las gallinas, los conejos... Mantener el huerto, hacer la compra, lavar la ropa, zurcir, pegar botones, preparar la comida, recoger la mesa, lavar la loza... Hacer la cena...

Al anochecer, cuando ya no era necesaria, disponía de otro de esos momentos en que su mente podía dedicarse a ella misma.

Pensó en su hombre, imaginó que ambos bajo la luz de la luna llena hablaban y se miraban, se escuchaban, reían, se besaban apasionadamente y sus cuerpos sintieron la unión. Los dos tremieron, se abrazaron fuertemente y sucumbieron a la entrega, extenuados. Amó a aquel maravilloso ser que la volvía loca, ascendió a lo más alto de si misma sintiéndose plena.

Aquel hombre la hacía sentirse mujer, ¡Adela durmió feliz!

Baldo
31. RGPI 03/2010/530

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